domingo, 24 de enero de 2010

Limpieza

Comencemos por la palabra definida por el diccionario. LIMPIAR: quitar la suciedad o inmundicia de algo. Quitar imperfecciones o defectos. Hacer que un lugar quede libre de lo que es perjudicial para él. Según mi criterio, estas tres son las que más se acercan a lo que busco. Bien. A limpiar!
Antes que nada hay que tomar la decisión. Pasa un rato desde que lo pensás y pensás hasta que lo comenzás a realizar. No es fácil levantarse del sillón y buscar los artículos de limpieza, la escoba, el cubo. Y ni hablar de la lavandina, que siempre se cae donde no se tiene que caer. Es todo un esfuerzo levantarse. Pero definitivamente, hay que hacerlo. Si no, nos tapa la mugre. Genial, la decisión pasa a ser acción. Empieza la mañana de limpieza.
Primero agua caliente en el cubo. El calor hace que la mugre se desprenda más fácilmente. Algún que otro producto químico que ayude a lo que es el aflojamiento de la suciedad que ya está más que adherida a los lugares. Sobre todo a los rincones. Zócalos, esquinas. Ya estás en plena batalla. Arranco por la cocina… no sé por qué siempre empiezo por la cocina. Despejo todo el mueble, moviendo las cosas de un lugar a otro para pasar el antigrasa por debajo de todos los objetos. Friego, friego, friego. Uf, qué calor, cuánto esfuerzo. Miro el horno con incertidumbre. Siempre me hago un poco la tonta con el horno. Es que tiene mucha mucha grasa. Ahí se cocinan los platos más deliciosos… pero no, hoy lo voy a limpiar. Varillita por varillita. ¡Qué asco! La cocina ya está casi terminada. Una barrida al suelo para quitar pelusas y ala… a pasar la fregona por el suelo. Este es uno de los mejores momentos… ¡Qué rico olor! ¡Qué bien que se siente! Mmmmmmmm, me entusiasmo… es lindo tener la cocina limpia, resplandeciente. Bien, dejo que se seque y paso al living.
Acá lo principal es levantar las sillas, mover los muebles para que no estorben. Paso, una a una, las sillas a otro ambiente de la casa. Ya no hay obstáculos. Retiro el polvo que levita sobre el televisor, sobre los portarretratos. Qué todo caiga! Sí, todo cae al suelo. Blem y franela. Indispensables. Y comienza otra pequeña batalla. A pasar Blem por cada uno de los muebles. Hay un momento que me gusta mucho… apretás el piringundín del Blem para que caiga la sustancia sobre algún mueble y se forma esa mancha blanca y uniforme. Tomás la franela y distribuís “eso” por todo el mueble. Sí, ahora brilla… ¡qué bueno! Siempre me gustó pasar el Blem!!! Y mientras vas limpiando los muebles mirás de lejos las ventanas. Las mirás como con respeto. Los vidrios. Ya no podés hacerte la tonta. Hay que limpiar los vidrios también. Dicen que si los limpiás con papel de diario, no quedan marcas. Qué paradójico. Justamente el papel de diario es uno de los elementos que más suciedad te deja en las manos cuando lo tocás. Sin embargo, para limpiar vidrios va muy bien. Busco un poco de papel de diario, un chorrito de limpia vidrios y ala… ahora sí puede entrar el rayo del sol. Ya no hay ninguna película de polvo que no permita la entrada. El living está listo. Ya huele a flores, también.
Y llega lo peor, lo peor de todo. El baño. Lo mirás de afuera, casi con el mismo desprecio que has mirado antes a los vidrios. Y te llama, con cara triste. El baño te llama y te pide por favor que lo limpies rigurosamente. Sabés que ésta será una de las peores batallas del día. Hay una mezcla de olores poco armoniosa. Y si a eso le agregamos los pelos que andan dando vueltas por todos lados es más que desagradable. Tomás coraje justo justo antes de cruzar la puerta y entrás. Ya estás dentro de ese lugar tan privado e íntimo. El baño es donde descargamos toda la mierda. Literal. Respirás hondo. Este paso es muy importante para continuar. Y así, sin pensarlo demasiado, ya tenés la mano dentro del inodoro, a veces con guantes, otras veces, desnuda. Y dale que te dale, despegando cada partícula. Bien, el inodoro está listo. Pasemos a la bañadera. Mucho mucho material químico. Aleluya al Cif!!! Viva el Cif, gran invento de la humanidad científica!!! Abrís la canilla y te zambullís en el mundo blanco. Bailás al son del agua, cantando y salpicando gotitas de agua para todos lados. Con la esponja de limpieza en la mano vas acariciando cada partecita de ese lugar que tanto conoce de ti, el rincón de la desnudez absoluta. ¿quién no se ha montado películas dentro de la bañadera de su casa? Pero esta es la hora de dejar el habitáculo libre de fantasmas… Ya casi está listo! Todavía estas dentro y ya podés sentir que el baño está resplandeciente. Sólo queda el espejo. Sí, ese que te refleja tal y cual sos. Ese que te enfrenta a tí mismo, ese que te grita que te aceptes, que a pesar de todo, aún podés respirar. Lo limpiás con cuidado, siempre está la superstición de los siete años dando vueltas. Sí, el espejo ya está listo para seguir reflejándote. Salís del baño.
Estás orgullosa de ti misma. Tu casa está limpia. ¡Qué importante es vivir limpio de impurezas innecesarias! ¡Qué bien que se siente, pero que cansada que estás! No importa, el esfuerzo vale la pena. Ahora sí que te gusta vivir ahí adentro. Ahora sí estás lista para invitar a otros a entrar y poder compartir.
Sí señores, vengan a conocer mi casa, ahora huele a flores!

Sole Israel

domingo, 17 de enero de 2010

De cinco a tres

Es que un día se fue
y se olvidó de regresar
obligándose a inventar el olvido
Sin saber que allí volvería a habitar,
una vez más.

Dejando marcas de codos
caminando hacia atrás
Soñando con las cenizas
de tantos cigarros que no fueron

Lamentos encontrados, desparramando
tropezándose entre laberintos y ausencias
Agujeros de lágrimas caídas.

Sole Israel y Jota

Días

Son esos días callados en donde no hay nada que decir porque el silencio que se escucha salir de tu boca es lo más hermoso que se puede oír. Y cerca tuyo hablan todos, no te molesta, los escuchás, pero a la vez, no los estás escuchando. Es como la música del lugar... las voces de todos. Hay voces tristes, alegres, nostálgicas, llenas de felicidad. Miles de voces. Y todas ellas encajan perfectamente en este día. Es el día del silencio. Es que no hay nada que decir. Nada de lo que digas cambiará nada. Escuchás. A veces atento, otras disperso. Pero estás ahí. Y no hablás. Pero estás, sos parte del paisaje, de la naturaleza. Solamente observás. Y te encanta hacerlo. En cada persona, en cada mano, en cada mirada... hay una historia. Y todos ellos te hablan. Por momentos a solas, por otros, juntos. Y sin embargo no estás. Vos no notás tu presencia, y ellos tampoco. Pero si no estuvieras no sería lo mismo. Ellos lo notarían. Vos también. Y pensás en los otros. En todos y cada uno. Los mirás, atentamente, sigilosamente, a escondidas. Y volás más allá. En blanco. Sin recuerdos. Sintiéndote ajeno a cada palabra, a cada sonido. Pero formando parte de todo y de todos. Y ellos comienzan a formar parte de vos. Unos más de cerca, otros desde lejos. Pero son, todos son y vos también sos. Siempre en el mismo estado. Y no hablás. Disimulás. Gol. Volvés por momentos sólo para aparentar que siempre estuviste ahí. Nunca más los vas a volver a ver. Y ellos a vos tampoco. Pero los querés sólo por el hecho de estar existiendo en este momento y formar parte de este lugar. A partir de ahora sus historias van a congeniar, teniendo ya algo vivido en común. Ya nada volverá a ser como antes.

Sole Israel

La vida y el colectivo

La vida es como un viaje en colectivo... Aunque a veces viajes en tren, en auto, en subte, en globo aerostático, depende de los estados de la vida. Pero, inevitablemente es UN VIAJE... o mejor dicho EL VIAJE. Y hay tantos paralelismos entre uno y otro... Podés viajar cómodamente en el último asiento solo... como también podés viajar apretada hasta las bolas. Igual que en la vida. Podés acertarle a la parada ante un camino desconocido, como bajarte 5 cuadras antes o 10 después. Y cuesta volver atrás... Igual que en la vida. Podés encontrarte con gente linda y con gente de mierda. Igual que en la vida. Mirás a algunos con desconfianza y a otros con suma amabilidad. Igual que en la vida. Podés dejarle el lugar a alguien o que alguien te lo deje a vos. Igual que en la vida. Podés viajar sola, con tu mamá, con tus amigos, con tu novio. Igual que en la vida... Y tantas cosas son iguales que en la vida. Pero si todo fuera tan fácil como sacar un boleto y viajar hasta un punto definido del Planeta, la vida... no sería LA VIDA. Por eso... siempre termina siendo infinita!!

Sole Israel

En vuelo...

Sólo una vez fui gaviota…

Viajé, viajé sin rumbo alguno. Vi el mar inmenso y azul desde el cielo infinito. Y de a ratos, sólo de a ratos, me posé sobre médanos y observé. Observé la vida de los seres que pasaban por esa costa. Vidas de presos, con destinos y rumbos fijos. Esclavos de sus pies. Víctimas de sus propias designaciones. Soledad. Giré, abrí mis alas y continué el vuelo.

Sólo una vez quise ser gaviota.

Sole Israel

sábado, 16 de enero de 2010

Nocturnidad

Mansa
en la vereda
la noche como un perro
se deja acariciar el lomo
mientras sigilosos y constantes
de negro y amarillo trajín
caminan los taxis buscando más vagabundos.

Buenos Aires es tierra de unos pocos a estas horas de la madrugada.
A veces me da por pensar que solo estamos ella y yo.
Alguna idea furtiva
y toda la ciudad abajo de mis pasos
sin más compañía
que la noche gigantesca.

Jota.

Sobre las modas futuras

Atuendo Primero.
Chaleco Invertido: Consiste solamente en dos mangas, una para cada brazo.

Jota

Cacerolazo

Nada mas incomodo, nada menos práctico. Las cacerolas son un viaje aparte. Es que no
existe un lugar en la casa al que podamos llamar “lugar donde se guardan las cacerolas”. Siempre están adentro del horno, apretujadas como si viajaran en el colectivo 60, metidas una en el interior de la otra cual muñequita rusa de madera. Para sacar alguna, antes deberás sacar (muy ruidosamente) otras muchas que no se van a usar en la cena.
Ellas solitas constituyen una de las grandes molestias de la vida domestica. Las cacerolas logran estresarte, es necesario que lo sepas.

Próximamente: “Los potecitos de yogur vacíos y su dudosa función en las alacenas”

viernes, 15 de enero de 2010

Bosque

Perdidos en un bosque. Como cuando pensás y pensás todo el tiempo en lo mismo y las ramas te atrapan, las hojas te abrazan. No podés salir. Siempre terminás caminando en los mismos lugares. Mirando los mismos paisajes. Y te movés. Siempre te movés. Pero no ves nada más que el bosque. Es infinito. Como las palabras, infinitas. Y aunque realices todas las combinaciones posibles y pienses en todos los caminos que podés tomar, tus ojos solamente pueden percibir una sola imagen. Y con cada persona pasás por el mismo lugar. Y sabés que tomaste caminos diferentes, pero seguís caminando por las mismas sensaciones. Son los mismos sentimientos de siempre, es todo igual. Todo te hace recordar a algo. Hay diferentes olores, pero ya te parecen conocidos. Y tomás consciencia que la vida no es infinita, que estás continuamente viviendo lo mismo una y otra vez. Entonces comprendés que solamente VOS podés hacer algo para que tu vida no se torne monótona. Que está dentro tuyo el poder creer que existen otras vidas que todavía no has conocido. Descubrirlas. Inventarlas. Es lo único que hay que hacer.

Sole Israel

Cuerpo

A veces imaginar lo que sucede dentro de nuestro cuerpo es casi imposible. Si fuera posible tragarnos un microscopio y observar cómo funcionan las máquinas que llevamos dentro sería mucho más fácil comprender cuando nos explican el funcionamiento del aparato digestivo, o cualquier otro. Creer que podemos tan sólo imaginar cómo se arman las redes neuronales que se encuentran en nuestro cerebro es casi imposible. Y nuestras células, o nuestros glóbulos blancos. Aquéllos que nos defienden ante el ataque de cualquier ser extraño que quiera ingresar en nuestro organismo. Si pudiéramos ver nuestro interior… ¿no comprenderíamos muchas más cosas que ahora? Sería mucho más sencillo entender por qué reaccionamos de esta manera o de aquella. Si pudiéramos ver cómo se ve nuestro corazón cuando late más fuerte… tal vez así, comprenderíamos cómo se ve el amor.

Sole Israel

Llueve

Llueve. El agua fina e invisible cae. Gris. Todo está demasiado gris. La sensación de libertad es infinita. Respiro. Invado mis pulmones de este aire frío y libre de sogas. Nadie me sostiene, nada me obliga a ser. Cierro los ojos y vuelo. Soy quien yo quiero ser, quien yo deseo ser. Río. Ya no me asfixio, ya no me ahogo. Salgo. Cierro los ojos y dejo que la leve llovizna caiga sobre mí. Me acaricia, me lava. Los abro, levanto mi vista… montañas. Todas nevadas, gigantes. Y allá estoy yo. Y acá también estoy yo. Puedo ser y estar en dos lugares a la vez. Puedo ser todo y nada. Estoy llena y vacía. Soy demasiado pesada, demasiado liviana. Río y lloro. Disfruto y extraño. Esas dualidades que hacen a mi persona. Dos. Como Ana y Soledad. O tal vez tres. O cuatro. O cinco… Ya ni siquiera eso me interesa. Hoy soy yo. Nadie más que yo, como yo decido ser. Como a mi me gusta ser. Como yo voy a ser. Invento. Todo lo voy inventando. Construyo. Poco a poco. ¿Será sólido? Busco colores. Desarmo colores. Imagino colores. Son míos. Los guardo. A veces los muestro. O tal vez, los comparto. Diseño colores con ellos. Me ayudan, me inspiran. Son nuestros colores. Pero los colores son infinitos, como los libros, como las estrellas, como los laberintos. Salidas y entradas. Todos vemos las puertas. Todos vamos decidiendo a dónde entrar y de dónde salir. Cuándo entrar y cuándo salir. También elegimos quiénes entran y quiénes salen. Aciertos e incertidumbres que se posan frente a una persona y deciden cómo serán las próximas entradas y salidas. Pero de eso se trata, de entradas y salidas. Claras y oscuras. Blancas y negras. Y entre medio de las entradas y salidas, los caminos. Rectos y curvos. Sinuosos y llanos. Para andar descalzo y para ponerse botas. Lluviosos o soleados. Caminos. Caminos que se cruzan, que se separan, que se chocan, que se juntan. Caminos con puentes. Con atajos. Caminos largos. Infinitos caminos. Y la memoria, los pensamientos… la cabeza. La desenrosco. Me la desenrosco y la dejo guardada unos días. Ahí, junto con la ropa, dentro de un armario. Ahí queda mi cabeza. Ahí queda mi máscara. Ella es quien siempre me protege. Pero yo quiero tomar riesgos, yo quiero vivir sin mi cabeza. La cuido. Siempre la cuidé. Vale mucho. Pero hoy no me sirve. No para esta puerta. Entro.

Sole Israel

Bocinas

¿Cuál es la necesidad de producir ruidos histriónicos a las 7.30 de la mañana? ¿Por qué la gente vive haciendo ruidos? No entiendo eso. Como tantas otras cosas… claro. Siempre sucede entre las 7.30 y las 7.45 de la mañana en una cuadra de esta Capital Federal. La gente se aglomera en determinado lugar, sus autos comienzan a taparse los unos a los otros, todos hablan fuerte, todos están apurados por llegar a cumplir su rutina y comienza el festival. Pareciera que todos se ponen de acuerdo a la vez para apretar la palanca de la bocina de sus autos… El ruido es infernal… ¡Si aunque sea pudieran ponerse de acuerdo y tocar sus bocinas de a uno por vez! ¡O tal vez, después de tanto tiempo haciéndolo, podrían notar que el sonido que sale de esos vehículos no es armonioso! Nadie dice que no toquen la bocina, pero no de esa manera y todos a la vez! Ahora que lo pienso, tal vez sea contagioso. Claro. Tocar la bocina es contagioso. Por eso, ni bien se escucha una, comienzan todos a tocarla… como desaforados. Es como cuando los nenes tienen tos en el colegio. Basta con que uno tosa para que los 20 compañeros lo hagan. ¡Qué idiota! El tocar la bocina así es un vestigio de la niñez… Pero, ahí también está uno, que al igual que ellos, tiene que comenzar con su rutina. Uno que trata de mantener una calma aunque sea aparente. Uno que se acaba de levantar y está recién haciéndose a la idea de que tiene que trabajar todo el día para que a fin de mes no le alcance la plata ni para comprar 3 tomates. Uno que está fastidioso por tener que dedicar casi 12 horas de su día al trabajo que ya no disfruta, 6 horas diarias a dormir y donde, con suerte, le quedan 6 horas para vivir. Y ellos tocando la bocina… ¡Qué chamamé!

Sole Israel

Ella

¿Cuándo había podido dormir por última vez? Ya ni lo recordaba. Todo parecía extrañamente lejano. Su propia piel, su olor. La inmensidad del lugar encandilaba la mirada de cualquier ser normal. La luz blanca se colaba por entremedio de la persiana entreabierta. Ya volvía a amanecer. Otro día comenzaba en la vida de aquella mujer, que a pesar de haber vivido casi un cuarto de siglo, sentía que recién ahora estaba comenzando a respirar. Escondida bajo el acolchado blanco, sentía el resplandor tibio del sol que acariciaba su rostro. La libertad deseada. La sorpresa de lo inesperado. El no saber qué se esconde tras cada paso. El no tener rumbo alguno. Dejarse impulsar. Pisar tierra descalza, sin temor a pincharse. La frescura del día. Combinaciones perfectas, jamás imaginadas. Todas juntas. Hoy. Se levantó, sin apuro alguno. Nada era más importante que sentir ese tibio resplandor sobre su habitación. El olor suave de las mañanas de primavera. Pequeñas flores creciendo, iluminando aún más el jardín. ¡Cuántas mañanas ya había dejado ir sin apreciar su delicadeza! Así comenzaba su mañana Ana. Ana estaba naciendo nuevamente. Descubría cada objeto de su vida. Lo disfrutaba, lo olía. Pisaba firme, por primera vez. Dejaba marcas en el camino. Arriesgada, aventurera. Viajante enloquecida. Eso era Ana. Enamorada del mundo, loca de los viajes. Tanto, que aun estando físicamente, no estaba… siempre andaba dando alguna que otra vuelta en algún lugar por descubrir, o simplemente, inventado en su pequeño e inmenso mundo. Muñeca de su propia maqueta, Ana construía vidas. Las imaginaba. Las dejaba crecer. Las cuidaba. Las amaba. Todo tenía un sentido. Ella le daba sentido hasta a lo más absurdo. Todo encajaba perfectamente en los mundos de Ana. Ana bailaba. Eso la hacía sentir viva. Escribía con tinta invisible sobre el viento. Se deslizaba. Sentía cada movimiento, expresaba cada sensación con sus manos. Volaba. Se iba volando sin saber si podría regresar alguna vez. Pero siempre volvía. Algo la retenía en su lugar. No recordaba sus sueños desde hacía meses. No entendía si era que en realidad no dormía nunca o vivía dormida. Pero no se preocupaba demasiado. Nadie podía robárselos. Si no los soñaba, los inventaba. Se levantó.

Sole Israel

Amaya

En mi mundo también hay soles. Muchos, no uno solo como en la Tierra. Claro… tal vez vos seas uno de los soles de mi mundo, por eso conocés tanto mis pensamientos, hasta los podés llegar a leer por momentos. Pero lo que siempre siempre hay, son ESTRELLAS. Infinitas estrellas. Pero no es como acá en la Tierra que las estrellas se ven brillar solamente de noche. No, no. En mi mundo, las estrellas brillan todo el tiempo, sin descanso. Son bondadosas y buenas compañeras. Hay turnos de brillo, aunque las más viejas de todas, siempre están brillando. Es que cuando aprendés a disfrutar del brillo, no existe manera que quieras dejar de generarlo. Planetas con anillos se ven en el cielo. Con muchos anillos, ¡y de colores! Todos los planetas que se pueden ver son terriblemente coquetos. Viven arreglándose y colgándose collares y anillos. Si tan solo toda la gente que habita este planeta que nosotras hoy pisamos supiera cuán lindo es el cielo de mi mundo… Y sin embargo acá, siguen construyendo edificios que tapan la Luna. ¡Con lo preciosa que es la Luna! Desde el balcón de mi casa no se puede ver. ¿Sabés que el otro día que anunciaban que se podrían ver dos Lunas salí al balcón y no podía verlas? Tuve que ir a la terraza!!! Una locura!! La gente de este mundo no sabe lo que es mirar el cielo infinito decorado de estrellas brillantes y planetas con anillos de colores!!! La gente de este mundo no sabe… Es cierto. Creo que vivimos en mundos paralelos a este que pisamos. ¿Pero sabés que me parece a veces? Yo siento que, definitivamente, no soy de este mundo, sino de otro cualquiera. Ni siquiera sé cómo se llama, porque caí acá desde que era mitad espermatozoide y mitad óvulo… imposible recordar de dónde vengo. Pero de acá, seguro que no soy. Lo increíble, es que a pesar de haber sentido siempre que soy la única representante de mi raza en este mundo, hoy creo haber descubierto que vos y yo venimos del mismo mundo. Y si no es el mismo, seremos de mundos vecinos.

Sole Israel

Sobre algún alma en estos días (toma 1)

Peleando contra el desencanto
con un mate amargo
a deshoras
reflexionando en su boca,
como descubriendo
que en estos días,
cuerpo joven por única vez,
todo vale,
encuentra el fino
que dejó sobre la mesa,
lo abraza un rato en la mano,
busca fuego y lo empieza a quemar de a poco.

No dura mucho el tiempo en que la vida es eterna.

Jota.

jueves, 14 de enero de 2010

El viejo

Un poco borracho, como siempre por esas horas, el viejo se acercó a el y mientras terminaba su cigarrillo, le dijo:

_La tibieza en estos días no puede ser más que un enemigo. Hermano mío,
es sabido que la vida te va a recagar a trompadas, porque tiene más currículum que vos, es más grande y tiene más contactos. Ella está en la movida desde antes ¿me entendés?
Nos dejó estar en su jardín solo por un rato. Y nos prestó casi todos sus juguetes. Nos dio bares, algunas monedas, mujeres esquivas y tetonas con polleras cortas para que a Sabina se le ocurran canciones. Nos dio Borges, nos dio Beatles, nos dio un mate amargo por la noche. Nos dejó sobre la mesa una hoja en blanco y nos enseñó algunas palabras. Nos dio sedas para armar un porro y nos dio trajes con corbatas para simular excelencia en algún evento importante. Nos dio resacas a las diez de la mañana y nos dio modas para que todos nos parezcamos al que tenemos al lado. Nos puso banda ancha en un departamento y un televisor en la frente, para que ya no podamos mirar por la ventana.
Las figuritas difíciles se cambian por figuritas iguales o más difíciles, y esa es una regla de oro. Hermano, las figuritas fáciles no te van a hacer llenar el Álbum. No te olvides que acá estamos de paso y para conquistar, escucháme bien, hay que transgredir.

Tiró al piso la última ceniza, giró torpemente sobre sus talones y se fue, el viejo, chocándose con todo.

Jota

Fantasmagorías (sonata fantasmagórica)

Revivir fantasmas de noche es una costumbre nueva, de estos días.
Sabido es que la soledad y el porro no son buena mezcla cuando lo que se busca es olvidar. Por eso me es tan fácil traerte en cada luna hasta mi living, para entender, del modo más violento, todo eso que estoy perdiendo.

Jota...

Conyugalidades

“-Ni un mensajito me mandaste...” suelen decirle las novias histéricas a los novios dispersos. “ –¡Toda la tarde al pedo estuviste y no fuiste capaz de mandarme ni un misero mensajito!”
Y rematan con el clásico: “-¡Como se nota que no me extrañás tanto!”


Imagino a un mago en plena función. El truco que está por hacer es realmente exquisito, como se dice en los barrios, toda una obra de arte. Lo estuvo practicando durante seis semanas, como una obsesión que no descansa.
Bien, es un poco largo y demasiado lento en el desarrollo, eso no está en discusión, pero el remate es impresionante.

Los murmullos no se hicieron esperar y al rato ya incomodaban demasiado.
Con esa cara de vecina de piso de abajo, la de la fila tres, fue la primera en irse. El aire empezó a moverse impaciente entre las butacas.
Al de la mujer se sumaron otros reproches y más murmullos.
Sobre el escenario, él, una sombra desapercibida, vestida con galera negra, barita, zapatos con brillo y guantes blancos.
Una risa burlona llegó desde el fondo.
Pensó en las horas frente al espejo, atendiendo a todos los detalles, cuidando cada movimiento mentiroso de sus dedos, cada palabra conspiratoria que diría. Anoche tampoco había dormido por culpa de los nervios. Pero ahí estaba, de pie sobre las tablas, frente a toda esa gente ansiosa.
En la mesa apoyó el mazo de cartas que tenia escondido desde hacia un rato detrás del guante derecho y se fue a camarines. Los silbidos no le importaron.
Salio al rato por la puerta principal vestido con su ropa de civil y nadie lo reconoció.
Todo en el lloraba, pero lo disimulaba bien. Lo suyo siempre había sido disimular.
Nunca más se puso esa galera ridícula. Nunca más esos guantes blancos espantosos. Y Nadie va a conocer nunca, el final de ese truco increíble.

Ella no vino a casa. No era la primera vez que aparecía el tema de los mensajitos y después del laburo se fue derecho a su departamento.
Yo me pedí una pizza y me quedé escuchando a Dolina hasta la una.

Jota...

Final cortito de una historia demasiado larga

Te busco en las noches con bares
como esperando quizás
que salgas de la espuma de mi cerveza
y me río de una broma
y retruco con otra
y bebo un sorbo
y muevo la cabeza al compás de la música
y finjo que me divierto
y espero
con apresurada calma
como intuyéndote.

Jota.