viernes, 15 de enero de 2010

Ella

¿Cuándo había podido dormir por última vez? Ya ni lo recordaba. Todo parecía extrañamente lejano. Su propia piel, su olor. La inmensidad del lugar encandilaba la mirada de cualquier ser normal. La luz blanca se colaba por entremedio de la persiana entreabierta. Ya volvía a amanecer. Otro día comenzaba en la vida de aquella mujer, que a pesar de haber vivido casi un cuarto de siglo, sentía que recién ahora estaba comenzando a respirar. Escondida bajo el acolchado blanco, sentía el resplandor tibio del sol que acariciaba su rostro. La libertad deseada. La sorpresa de lo inesperado. El no saber qué se esconde tras cada paso. El no tener rumbo alguno. Dejarse impulsar. Pisar tierra descalza, sin temor a pincharse. La frescura del día. Combinaciones perfectas, jamás imaginadas. Todas juntas. Hoy. Se levantó, sin apuro alguno. Nada era más importante que sentir ese tibio resplandor sobre su habitación. El olor suave de las mañanas de primavera. Pequeñas flores creciendo, iluminando aún más el jardín. ¡Cuántas mañanas ya había dejado ir sin apreciar su delicadeza! Así comenzaba su mañana Ana. Ana estaba naciendo nuevamente. Descubría cada objeto de su vida. Lo disfrutaba, lo olía. Pisaba firme, por primera vez. Dejaba marcas en el camino. Arriesgada, aventurera. Viajante enloquecida. Eso era Ana. Enamorada del mundo, loca de los viajes. Tanto, que aun estando físicamente, no estaba… siempre andaba dando alguna que otra vuelta en algún lugar por descubrir, o simplemente, inventado en su pequeño e inmenso mundo. Muñeca de su propia maqueta, Ana construía vidas. Las imaginaba. Las dejaba crecer. Las cuidaba. Las amaba. Todo tenía un sentido. Ella le daba sentido hasta a lo más absurdo. Todo encajaba perfectamente en los mundos de Ana. Ana bailaba. Eso la hacía sentir viva. Escribía con tinta invisible sobre el viento. Se deslizaba. Sentía cada movimiento, expresaba cada sensación con sus manos. Volaba. Se iba volando sin saber si podría regresar alguna vez. Pero siempre volvía. Algo la retenía en su lugar. No recordaba sus sueños desde hacía meses. No entendía si era que en realidad no dormía nunca o vivía dormida. Pero no se preocupaba demasiado. Nadie podía robárselos. Si no los soñaba, los inventaba. Se levantó.

Sole Israel

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