Llueve. El agua fina e invisible cae. Gris. Todo está demasiado gris. La sensación de libertad es infinita. Respiro. Invado mis pulmones de este aire frío y libre de sogas. Nadie me sostiene, nada me obliga a ser. Cierro los ojos y vuelo. Soy quien yo quiero ser, quien yo deseo ser. Río. Ya no me asfixio, ya no me ahogo. Salgo. Cierro los ojos y dejo que la leve llovizna caiga sobre mí. Me acaricia, me lava. Los abro, levanto mi vista… montañas. Todas nevadas, gigantes. Y allá estoy yo. Y acá también estoy yo. Puedo ser y estar en dos lugares a la vez. Puedo ser todo y nada. Estoy llena y vacía. Soy demasiado pesada, demasiado liviana. Río y lloro. Disfruto y extraño. Esas dualidades que hacen a mi persona. Dos. Como Ana y Soledad. O tal vez tres. O cuatro. O cinco… Ya ni siquiera eso me interesa. Hoy soy yo. Nadie más que yo, como yo decido ser. Como a mi me gusta ser. Como yo voy a ser. Invento. Todo lo voy inventando. Construyo. Poco a poco. ¿Será sólido? Busco colores. Desarmo colores. Imagino colores. Son míos. Los guardo. A veces los muestro. O tal vez, los comparto. Diseño colores con ellos. Me ayudan, me inspiran. Son nuestros colores. Pero los colores son infinitos, como los libros, como las estrellas, como los laberintos. Salidas y entradas. Todos vemos las puertas. Todos vamos decidiendo a dónde entrar y de dónde salir. Cuándo entrar y cuándo salir. También elegimos quiénes entran y quiénes salen. Aciertos e incertidumbres que se posan frente a una persona y deciden cómo serán las próximas entradas y salidas. Pero de eso se trata, de entradas y salidas. Claras y oscuras. Blancas y negras. Y entre medio de las entradas y salidas, los caminos. Rectos y curvos. Sinuosos y llanos. Para andar descalzo y para ponerse botas. Lluviosos o soleados. Caminos. Caminos que se cruzan, que se separan, que se chocan, que se juntan. Caminos con puentes. Con atajos. Caminos largos. Infinitos caminos. Y la memoria, los pensamientos… la cabeza. La desenrosco. Me la desenrosco y la dejo guardada unos días. Ahí, junto con la ropa, dentro de un armario. Ahí queda mi cabeza. Ahí queda mi máscara. Ella es quien siempre me protege. Pero yo quiero tomar riesgos, yo quiero vivir sin mi cabeza. La cuido. Siempre la cuidé. Vale mucho. Pero hoy no me sirve. No para esta puerta. Entro.
Sole Israel
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1 comentario:
Muy bello. Como sincero...Me encantó
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